Me cuesta mucho ponerme a escribir sobre Cuba porque tantas cosas de este país me recuerdan a mi juventud en Unión Soviética. La forma de vivir, de relacionarse con la gente, de entender el mundo capitalista, el concepto de propiedad privada. En una dedicatoria el día de mi cumpleaños, un amigo cubano me puso el siguiente mensaje: “Sin animo de competir con tu RED-BERRY, aquí algunas fotos y videos de tu paso por la Habana. Me llama la atención. Tengo una Blackberry de color rojo. En occidente, todos sabemos que la marca se llama BLACKBERRY, irrelevante de si el aparato es rojo, blanco o negro. No lo escribo aquí como crítica. Todo lo contrario.
¿Qué pasaría si aquí, en España, pensábamos menos en cambiar los móviles cada seis meses por un modelo nuevo con más funciones y gastábamos más en libros? Solamente 3% de los españoles compran más de 5 libros al año De los 3 %, me pregunto, ¿Cuántos leemos?
Cuando yo tenía 14 años, ya había leído toda la obra de Tolstoi, Chejov, Pasternak, Gogol, Pushkin, Lermontov, Duma, Dostoyevski, Turgenev…No teníamos televisión, o mejor dicho lo teníamos pero nunca funcionaba y cuando funcionaba yo buscaba al que hablaba por detrás del aparato y cuando no le había encontrado, sabia que lo de la tele ERA UNA MENTIRA. Con 44 años, recién cumplidos, puedo explicar el fenómeno de la mentira de los medios de masa de forma mucho más sofisticada, pero la huella imborrable me queda para el resto de la vida.
El caso mío no era el único. Todo el país joven y adulto leía, devoraba libros, devoraba conocimiento. Como no teníamos dinero para viajar fuera de las fronteras del país, viajábamos a través de los libros de Julio Verne y Hemingway, uno de los favoritos de mis padres.
Este conocimiento, de adulto, te permite entender el mundo de forma mucho más maduro basado en algo sólido y arraigado.















