
Simone Casalaro se levantó de la cama con la marca de la almohada en la mejilla. Tenía los nervios extraordinariamente receptivos tras una noche inquieta. En la habitación de al lado, Michael se reía a carcajadas mientras contaba con gran regocijo cómo los nubios habían intentado secuestrarlo y envolverlo con una alfombra. Un débil rayo de luz se colaba por las persianas venecianas, formando dos escaleras doradas en el suelo. Simone se quedó un momento de pie junto al cristal de la ventana, mientras en su interior brotada una sensación de frescura parecida a la fragancia de los claveles húmedos. Todo era perfecto.
Michael. Su amor por él estaba un poco apagado. Era algo imperceptible; las sombras oblicuas de lo desconocido se proyectaban hacia el futuro con particular claridad. Como si, por algún plan diabólico, siempre acabaran de llegar o de irse. Siempre. “Te quiero, Michael” Toma, ya lo he dicho. ¿Qué significa? ¿Qué supone para nosotros? La total imprevisibilidad del futuro, el pasado no como una sucesión rígida de episodios sino como un almacén de imágenes recordadas y pautas ocultas que contuvieran la clave de los misteriosos diseños de nuestras vidas” El modo en que vivía su relación, con la ligereza o la pesadez de la interpretación que uno y otro hacía de la misma… El tono más que la verdad de sus afirmaciones. Él la hacía muy feliz. Entonces ¿qué pasaba? ¿Pertenecía ella a un mundo en que la presunta normalidad quedaba desterrada al fondo de la conciencia? Ahora que Danny estaba muerto, Simone se hallaba en una especie de infierno donde todas las demás emociones se le antojaban imposibles. Dios mío, cuánto lo echaba de menos… La ausencia podía ser remediada, interpretada, llenada. Pero ¿y la pérdida? Lo extrañaba, ansiaba verlo, aunque sólo fuera fugazmente, apenas un día. ¡Danny! Silencio…, sobre ellos se extendía una burbuja mágica de vidrio que le permitía respirar con él como si fueran uno.
Familias desdichadas. La frase de Tolstói se vuelve del revés: todas se parecen, se hallan en un círculo previsible de sufrimiento, desavenencias y tristeza; su uniformidad tiene sin cuidado a la felicidad, que no conoce la caridad, no recurre a la mera amabilidad. La felicidad es variada y múltiple; el dolor es reiterativo, siempre muestra la misma cara severa y terca. Una persona sólo sabe que es desdichada y prevé que seguirá siéndolo. Existe la creencia, sin duda endémica, de que no es que vaya a durar sino que no puede durar. El destino y la felicidad, siempre como fin imaginado, son expresiones del valor de la sensación: se mide en función de lo que significa perderla. A Simone, la palabra amor le parecía un simple nombre para la distancia, para lo desconocido.
“Tengo miedo, Michael.”
Págs 269 y 270 – Conspiración Octopus - Daniel Estulin
“Te parecerá un sorbo, si estás sediento…” – Social Media Manager



