Jose María Arenzana es uno de los mejores periodistas de España. Desde hace años escribe para el ABC Sevilla. Además, es de las personas que más ha viajado por África y de los que mejor la conoce. Él estuvo en la sede para el reparto de ayuda humanitaria al sur de Sudán (OSS), en Lokichokio, en el extremo nor-noroeste de Kenya, muy cerca del Lago Turkana. Aquello, según las palabras de Pepe, “era un nido de 'espías' políticos manejando a un cuartel entero de miembros de ONG dispuestos a alimentar a una facción del Ejército rebelde, pero también a la vez haciéndole el juego al propio Gobierno de Jartum.” De hecho, allí, en dicha base, conoció a un enviado del Gobierno de Jartum, un agente del Gobierno de los entonces todopoderosos Hassan Al-Turabi y de Omar Al-Bashir. Después de leer mí nuevo manuscrito me comentó como anécdota que disponía de los visados de las dos facciones guerrilleras – la facción de John Garang (el SPLM) y la de Riek Machar (que primero se llamó SPLM-U, y luego SPLA: o sea Soudan People Liberation Movement-United y Soudan People Liberation Army, respectivamente). Los cuales le obligaron a solicitar en sendas oficinas de Nairobi antes de trasladarme a Lokichokio. Esto es su email a mí (redactado sin las partes personales):
“Excuso decirte lo complicado que era en un control cualquiera adivinar cuál de los dos salvoconductos debíamos mostrar a los reclutas. Equivocarse era jugárselo a cara o cruz porque, de todos modos, nunca sabíamos si la tropa que nos daba el alto pertenecía a una facción rebelde o a la otra. De modo que, sí, nos la jugamos varias veces y, como es obvio, siempre tuvimos suerte, puesto que salimos vivos de allí a pesar del perverso jueguecito. Yo llevaba cada salvoconducto en un lado distinto de mi chaqueta multibolsillos y los revisaba cada mañana durante los trayectos hasta aprenderme de memoria en qué lado estaba cada uno de ellos por la sencilla técnica de repetirme mil veces las siglas de cada facción ("¡SPLM, bolsillo izquierdo; SPLM-U, bolsillo derecho…!!", y así miles de veces), lo cual, como digo, no solucionaba el problema, ya que primero debíamos intuir a quién pertenecía aquella tropa andrajosa o descalza que nos daba el alto.
También te conté al respecto que asistimos el fotógrafo y yo casi casualmente a una reunión de la entonces directora de USAID y Riek Machar en un punto innominado de los pantanales sudaneses. Y digo casualmente porque esos cabrones nos dejaron, como recordarás, completamente tirados en aquel punto de la selva. El jefe de seguridad de la base de Lokichokio era un coronel (o algo así) de un cuerpo de élite británico (no recuerdo cuál); el jefe de Logística un americano llamado Pat Culpam con el aspecto más común de lo que yo hubiera identificado entonces con un típico agente de la CIA de las películas, etc.
Las negociaciones mantenidas entre la jefa de USAID, una pecosa rubia madurita y canija, con el propio Riek Machar en aquel lugar no las conocí porque nos apartaron al fotógrafo y a mí para que no escuchásemos las conversaciones mantenidas bajo un frondoso árbol enmedio de los pantanales, con los guerrilleros de aquella tribu sentados alrededor. Lo que sí supimos es que Riek Machar y su novia de entonces, una británica que había trabajado para una ONG de Educación en la zona a la que entrevisté, se trasladaban por la zona en las avionetas y aviones de ayuda humanitaria que se controlaban desde Lokichokio.
En la base, en Lokichokio, lo que está claro es que no había problema alguno de suministros, en especial de combustible. La Compañía Caltex era la que principalmente suministraba el continuo despegue de aviones que procedían en general de Nairobi o de cualquier otro punto camino de cualquier parte, pero en especial hacia el interior del sur de Sudán, cargados de sacos de comida y quién sabe de qué otras cosas.
La sede central desde la que se administra toda esa ayuda humanitaria está en las Gigiri Hills, una auténtica ciudadela de la ONU en pleno centro de Nairobi, rodeada de espléndidos jardines y cuyos edificios (caracolas o cabañas) rebosan de aire acondicionado.
Bueno, en parte, quizá, todo eso sea anecdótico. La cuestión de fondo del petróleo no creo que sea muy discutible. Tal vez sí lo sea tu tesis sobre el impulso secreto que los USA otorgan a dichas 'crisis humanitarias', aunque a mí, personalmente, me resultan muy creíbles. A saber: el Gobierno de Jartum, hasta donde yo pude averiguar, controla o intenta controlar la ayuda humanitaria que se introduce en el sur de Sudán. Es decir, la ONU y todas esas ONG que defienden el derecho de injerencia humanitaria a nivel global, se someten dócilmente a los permisos que otorgan los islamistas asesinos de Jartum para poder ayudar a las poblaciones civiles en peligro. Siendo así, ¿a qué derecho de injerencia apelan esas ONG? Cuando la ONU, en algunas ocasiones y por presión de las ONG sobre el terreno, han introducido un convoy de alimentos sin el adecuado permiso de Jartum, los aviones del Gobierno los han bombardeado de manera inmisericorde y los han destruido. Quizá, por qué no, es que dicho convoy transportaba algo más que ayuda humanitaria. O vaya usted a saber. Es posible. O quizá es que todo consiste en un plan donde los malos no son sólo unos u otros, sino todos, que es, a mi juicio, lo más probable: incluidos los chinos, los islamistas, los franceses y etc.
A todo esto, de otra cosa de la que no hay duda es de que los radicales de Jartum han asesinado y esclavizado a millares de negros en el centro y el sur de Sudán, animistas o cristianos. El genocidio ha sido durante años atroz y silencioso. Yo mismo fracasé en mi intento de penetrar en las montañas centrales de Sudán, que era mi objetivo en aquel viaje. A lo máximo que llegué, como sabes, es a viajar a muy diversos puntos del sur, alrededor de la cordillera del genocidio, donde, efectivamente, operaba la guerrilla y donde se distribuía la ayuda humanitaria y donde la masacre era tremenda, sí, pero no en la zona más silenciada y oculta a la información occidental que es la zona central del Sudán. De aquello no se sabe casi nada. Y nadie, que se sepa, de los que han logrado entrar, logró salir con vida de allí para contarlo. Sólo se conocen datos por referencia de los refugiados que se unieron al sur a lo largo de los años. Esa masacre, en principio, sólo es atribuible a los asesinos islamistas.
El siguiente artículo es uno de los relatos de Jose Maria Arenzana que publicaremos sobre África esta semana.
Su piel, blanquísima, y su figura de top model, resultaban muy chocantes en este lugar. Nuestro encuentro en plena selva fue casual, inesperado. A una prudente distancia, media docena de soldados la vigilaban y seguían todos sus pasos mientras conversábamos. Sucedía así a cualquier hora del día o de la noche. Eran órdenes del jefe, el implacable Riek Machar, el caudillo legendario de la guerrilla del Ejército Popular para la Liberación de Sudán (SPLA, siglas de Soudan People Liberation Army). Aquellos soldados, altos, desnutridos, negros, casi azulados, no le quitaban ojo de encima a la chica. Vestían de manera anárquica: unos descalzos, otros en chancletas y otros con botas de agua, pero todos armados hasta los dientes. Uno portaba una pesada ametralladora Doshca de fabricación china con cintas de balas cruzadas al pecho y por la espalda; dos llevaban lanzagranadas casi prehistóricos; otro, casi un niño, un bazooka y pistolas belgas, además de bombas de mano; los dos restantes, los AK-47, los célebres Kalashnikov rusos que inundan de extremo a extremo el Tercer Mundo.
Emma McKuen acababa de cumplir los 30. Su presencia en un lugar en el que se comercia con esclavos y en el que el infierno se barrunta por todas partes, me resultaba tan irreal como todo cuanto sucedía a mi alrededor en las últimas semanas.
Riek Machar se encuentra hoy en este rincón perdido del sur de Sudán, en Leer, su pueblo natal, en la provincia de Upper Nile. El poblado consiste en un grupo de chabolas de paja y juncos situadas en círculo alrededor de un mango enorme, a 2.000 kms. del punto civilizado más cercano, si entendemos como tales Jartum, la capital del país, al norte, o Nairobi, la capital de la vecina Kenia, en el sur.
Aquí se suelen reunir cada cierto tiempo miles de refugiados que huyen despavoridos de la guerra por la jungla para la distribución de alimentos. Traen la fatiga, el miedo y la muerte en sus miradas. Niños de barrigas abombadas, como si estuvieran a punto de dar a luz a otras pequeñas criaturas, se apelotonan en este punto fijado de antemano por Cruz Roja Internacional y por las agencias de la ONU para recibir un cazo de leche enriquecida y un puñado de granos de maíz o sorgo.
Bajo el mango que preside la aldea, Riek va a celebrar una reunión secreta con su alto estado mayor, compuesto por los comandantes Kerubino Kuanyin, Ilayah Hon Top y Faustino Atem Gualdiyt. De no ser por las circunstancias que nos rodean, creo que debí pensar que este era mi gran día de suerte.
Un par de años antes de mi encuentro casual con Emma McKuen, ella cambió su vida cómoda y apacible en el Reino Unido para convertirse en voluntaria de una ONG dedicada a la educación en estos pantanales pestilentes e infectos del sur de Sudán en los que la guerra se ha cobrado la vida de casi dos millones de personas en los últimos 20 años.
Tras unos meses de trabajo, Emma se marchó de vacaciones a Europa, a Segovia, donde vivían unos buenos amigos. Cuando llegó la hora de regresar a Sudán, Emma tenía algo más que un presentimiento: volvía electrizada. No por los peligros que tendría que afrontar. Ya los había experimentado. Tampoco por las penosas condiciones de vida que le esperaban bajo el clima sofocante e insalubre de los pantanales preñados de cocodrilos, hienas, hipopótamos y muchos tipos de mambas venenosas. Ni siquiera por las enfermedades tropicales horripilantes que diezman a la población, como la malaria cerebral, el Kala Azar o el gusano de Guinea. No, la razón era que esta vez (ahora tenía la certeza) estaba enamorada.
Sus jornadas de descanso en Segovia la convencieron de que le iba a ser inútil oponerse a sus sentimientos. Sabía que ya nada podría interponerse entre ella y el destinatario de su pasión, que no era otro que… Riek Machar, el fiero caudillo en lucha desde 1983 contra el régimen integrista del general Omar-El-Bashir y de Hassan-Al-Turabi, en Jartum.
Pronto, Emma se convirtió en su nueva esposa. Y en su sombra. Y los soldados que la protegen ahora en todo momento por órdenes del jefe, en la suya. Fue expulsada de la ONG para la que trabajaba. Le pareció normal. Aunque no le gustó la manera en que se lo comunicaron, esta mañana de calor sofocante me dijo que creyó justificada su expulsión, ya que había sido como tomar partido por uno de los bandos contendientes. En realidad, tomó partido por sus sentimientos, pero sabía que, luego, de forma inevitable, vendría el resto. Como así fue.
Calificar las circunstancias de nuestro encuentro de “kafkianas” es concederle demasiada ventaja a lo que casi no tiene explicación, pero aquí estábamos, a pleno sol, rodeados de penuria, de hambre y de tragedia en la misma selva impenetrable que atascó durante semanas el viaje de Speke y Grant después de descubrir las fuentes del Nilo y que también enmarañó en la espesa vegetación flotante de estos pantanales durante meses la embarcación de otro mítico explorador, Samuel Baker, cuando se dirigía, sin saberlo, al descubrimiento del Lago Alberto (The Albert Nyanza).
Riek Machar mide casi un metro noventa de estatura, es cristiano, pertenece a la etnia Nuer y es doctor en Ingeniería por la Universidad de Bradford. Su primera esposa, de la que no está divorciado, vive en Gran Bretaña. Emma, que es inglesa, se trasladó a vivir con él a Sudán.
Desde 1983, año en que el norte árabe estableció la “sharia” en Sudán, Riek se sumó al SPLM de Johng Garang, el frente que agrupó desde el comienzo a los negros animistas y cristianos del sur en lucha contra el integrismo islámico. Ocho años después, diferencias políticas y desavenencias con Garang, de etnia Torit y licenciado en Economía Agrícola por la Universidad de Iowa, llevaron a Riek a fundar su propia facción guerrillera, que primero se llamó SPLM-U (Soudan People Liberation Movement-United) y luego SPLA. Para satisfacción de los perversos dirigentes de Jartum, las facciones de Garang y Riek empezaron, a su vez, a enfrentarse a tiros entre sí. En 1997, Riek Machar abandonó las armas y fue uno de los firmantes del acuerdo de paz de Jartum. Aceptó un puesto en un Gobierno de transición junto a los islamistas, presionados por entonces por las amenazas de EE.UU. Antes de dos años, en 1999, Riek abandonó el cargo y volvió al sur para continuar la lucha armada.
Pero esta mañana de 1993, bajo la mirada imperturbable de los azulados guardaespaldas que, según me dijo, le habían salvado la vida en varias ocasiones durante los últimos meses de guerra, Emma McKuen parece feliz de nuestro encuentro. Al fin y al cabo, yo soy un blanco, europeo (español, como sus amigos segovianos), y puede compartir conmigo un rato de charla mientras su marido discute con sus comandantes dónde esconderán un cargamento de armas y municiones.
Me pareció que Emma se sinceró conmigo. Hablamos largo rato sobre su vida anterior, de las dificultades para adaptarse, de los desplazados, de los campos de concentración que rodean Jartum, del olvido de esta guerra por parte de la comunidad internacional, del control bajo chantaje de las autoridades sobre la ayuda humanitaria que llega a los refugiados, de las miserables condiciones en las tribus, del hambre, de las enfermedades, de los secuestros, del comercio de esclavos, de las violaciones de mujeres, del genocidio del pueblo Nuba en las montañas de Kordofán, de la esperanza de un futuro autónomo o independiente para el sur… Me habló de su llegada a Sudán, de cómo creció el amor entre Riek y ella y de los temores de su madre (también de los propios) cuando le comunicó la decisión que había tomado. Me dijo que rezaba a veces, que jamás había empuñado un arma, ni en esta ni en ninguna otra guerra, a pesar de lo cual era consciente de ser objetivo prioritario para el enemigo: “Sí, les gustaría cogerme. Y sé que me matarían. Es gente muy vengativa”, me dijo.
Pensé que tenía en mis manos eso que técnicamente llamamos en el argot un “scoop”, una exclusiva. Supe que la entrevista estaría “colocada” apenas saliera de este lugar, sobre todo en algún medio escrito anglosajón, donde estarían encantados de conocer de primera mano la historia de Emma McKuen, una especie de princesa blanca a la que el amor había transformado en una guerrillera en el corazón de las tinieblas del África negra.
No me equivoqué ni un gramo. Fue ponerla a la venta a través de las agencias y, enseguida, la revista “Hello!”, la edición inglesa de “¡Hola!”, pujó por hacerse con la historia para sus lectores. Lo congelaron todo unas semanas. Suele ocurrir a veces por exceso de material. La semana que iban a publicarla, un par de meses después, hacia finales de 1993, un teletipo de Reuter transmitió la noticia de que la esposa británica del líder guerrillero Riek Machar había fallecido en un absurdo accidente de tráfico en Nairobi. Se encontraba de paso para tomar un avión hacia Europa, donde se disponía a disfrutar de unas semanas de descanso con los suyos. La revista “Hello!” sólo publicó la noticia de su fallecimiento con una pequeña foto en blanco y negro de nuestro encuentro. La entrevista nunca llegó a ver la luz. El escueto comunicado sobre su muerte añadía que Emma McKuen estaba embarazada de tres meses. Se me erizó la espalda. Creo que después de un largo silencio musité: “Descanse en paz”.


Me da la impresión de que en España interesan muy poco los temas africanos
no es mi intencion desviar el tema,pero Daniel,que has opinado de la nueva idea de ampliar la pagina,y que podamos participar mas?
otra cosa mas:IRAN segun el Pais,ya puede tener una bomba nuclear,desde luego ya empieza fuerte la carrera contra iran no?